Charly García

EL DUEÑO DE LA MÁQUINA DE HACER FELICES A LOS DEMÁS

El músico brindó un gran concierto, en el que la emoción fue la protagonista esencial.

[Publicado en Clarín, el 15/02/2018]

Como la previa, como ese rapto de deseo que impulsó a firmar ahí donde dice que por una noche una sala puede ser el lugar para compartir lo que pasa por el interior de un artista en ese mismo instante en el que sale a escena, a las 20.44 el telón del Coliseo se abrió, y la vieja Instituciones fue el punto de partida de una nueva resurrección artística de Charly García, y van…

Una cerrada y emotiva ovación fue el marco para que el músico calentara motores, sostenido por sus conocidos de siempre: el Zorrito Fabián Quintero en teclados, Kiuje Hayashida en guitarras, Toño Silva en batería, Carlos González en bajo y Rosario Ortega en voz, y enseguida levantara de sus butacas a los fans que llenaron el Coliseo con Cerca de la revolución.

“La máquina de ser feliz la tiene él, la tengo yo”, dice Charly cuando termina el corte de difusión de Random, su álbum más reciente. Enseguida, King Kong, con las imágenes en blanco y negro en las pantallas que separa la inmensa Torre de Tesla que ocupa el centro del escenario.

“Esta es la banda de Charly”, canta la hinchada, que es todo el teatro. “Say no more”, responde él, que es García, que de a poco levanta temperatura, entrega una Lluvia reposada y estalla de energía con Rezo por vos. Charly está de vuelta; y cómo no emocionarse. Son las 21.05, y si todo terminara aquí, uno desearía que fuera así.

Pero no. Otro lo muestra a Charly entero y desafiante. “De la época de Hitler”, dice, mientras las imágenes de una película funden a negro para darle espacio al cuarto tema de Random de la noche. Y Reloj de plastilina mueve la aguja del tiempo al pasado.
“Gracias de parte mía, de la banda y del Zorro”, dice Charly. Y el público contesta con un aplauso agradecido, mientras el anfitrión anuncia Rivalidad. “Una canción que se la hice a mi vecina; por suerte me cuidé”, bromea. Animado, contento, sigue: “Mirá lo que hago por la rivalidad”. Como telón de fondo, su cuerpo, por enésima vez, vuela desde un noveno piso hacia la pileta del hotel mendocino. Y una vez más, cae en el agua.

El ida y vuelta es permanente. Echando mano a su propia máquina de darle felicidad a la gente, esa canciones eternas que conmovieron y conmueven a generación tras generación, sigue. “la estamos pasando bien, ¿no?”, dispara, y no espera. “Esta canción está dedicada a Tesla; y ustedes dirán: ¿quién mierda es Tesla?”; y ahí va, yendo de la cama al living. Hoy, García es una vez más una zona de lucidez implacable.

“Una canción que hice en estos días, ayer…”, precede a In the City That Never Sleeps. No la hizo ayer, pero es lo que menos importa. En cambio, sí importan los clásicos, como Me siento mucho mejory Promesas sobre el bidet. “Esta es la barra de Say No More”, alienta la tribuna. Bah, la platea también…

Entonces, Demoliendo hoteles pudo bien haber sido Demoliendo el Coliseo, pero sin romper nada; que esos tiempos son pasado. Acá se trata de bailar, de saltar. Pero hay butacas…

“Chau”. Así como lo anunció, y lo inició, lo terminó. Telón y la incógnita. ¿Hay más? Una hora exacta, luces prendidas, y la barra que hace el aguante. “Olelé olalá, si esto no es aguante, el aguante dónde está”.

El aguante está de este lado, pero también del otro. Charly vuelve a escena con un certero ataque al corazón de sus incondicionales: Los dinosaurios. De fondo, la asunción de Raúl Alfonsín, el Juicio a las Juntas de la última dictadura militar… Charly hace historia; Charly es parte de nuestra historia. De nuestras historias. De las que cantan (cantamos) con él hasta la última coma de cada canción.

Hay más: No importa, del accidentado Kill Gil, es la banda sonora de escenas de guerra, soldados y muerte. La banda, como a lo largo de toda la noche, suena impecable; Rosario funciona como la rueda de auxilio ideal para las dificultades que garcía tiene para cantar. No importa; las canciones están ahí, intactas, gracias a ellos seis.

Y ellos seis se despachan con una versión de Fanky que pone a bailar a todo el Coliseo. ¿Fin? Nada de eso. “El Zorrito me convenció”, avisa garcía, y va por una más.

“Ella es menor, él es normal…” Como siempre, el radar de Charly lo contó antes que los demás. Y ahora lo canta en Nos siguen pegando abajo (pecado mortal) una vez más, hasta decretar el final de una noche que quedará en el recuerdo; esta vez, por lo muy bueno de todo. Entre dos personas lo ayudan a levantarse para dejar el escenario. “Basta”, dice el artista.

Y aunque nadie -padres, hijos, familias enteras- se quiere ir y todos cantan Inconsciente colectivo, Yo no quiero volverme tan loco y El fantasma de Canterville y Canción para mi muerte y Rasguña las piedras, como en busca de un conjuro que la noche se haga eterna, desde hace tiempo se sabe que en tierras de Say no More, su capricho es ley.

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